Trabajaba a fondo durante las horas que pasaba allí, soñando con que un día el gran maestro de baile Fokine descubriría su talento. Mientras la troika atravesaba rápidamente la aldea, sus pensamientos abandonaron el ballet y se centraron de nuevo en su prima María, su amiga del alma. Su padre Konstantin era primo lejano del zar, y su madre, como la de María, era alemana. Ambas tenían todo en común: las aficiones, los secretos, los sueños y el ambiente. En su infancia compartieron los mismos terrores y las mismas alegrías, y ahora ella necesitaba verla, incumpliendo la promesa que hiciera a su madre. En realidad, le parecía una estupidez. ¿Por qué no podía verla? María estaba completamente sana y ella no pensaba entrar en la habitación de los enfermos. María le había enviado una nota la víspera, contándole que se aburría de muerte entre tantos enfermos. Además, la cosa no era grave, simplemente el sarampión.

Los campesinos se apartaron del camino al paso de la troika mientras Fiodor azuzaba a gritos a los tres caballos negros. Había trabajado desde niño para el abuelo de Zoya y su padre ya estaba al servicio de la familia. Solo por ella se hubiera arriesgado a provocar las iras de su amo y el silencioso reproche de su ama. Sin embargo, Zoya prometió no decírselo a nadie y además ya la había acompañado allí numerosas veces. La joven visitaba a sus primos casi a diario. ¿Qué mal podía haber en ello ahora, aunque el pequeño y frágil zarevich y sus hermanas mayores tuvieran el sarampión? Todo el mundo sabía que Alexis era un niño enfermizo. Mademoiselle Zoya, en cambio, era una joven encantadora, fuerte y sana como un roble. Era la niña más preciosa que jamás había visto Fiodor, y su mujer Ludmilla se hizo cargo de ella desde pequeña. Ludmilla había muerto de tifus hacía un año y él lo sintió muchísimo, sobre todo porque no tenían hijos. Su única familia era la de sus amos.

La guardia de cosacos los detuvo a la entrada y Fiodor refrenó bruscamente a los fogosos caballos.



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