
La nieve caía ahora con más fuerza y dos guardias a caballo, uniformados de verde y con altos gorros de piel, se acercaron en actitud amenazante hasta que reconocieron quién era. Zoya resultaba una figura familiar en Tsarskoe Selo. Los guardias saludaron marcialmente mientras Fiodor fustigaba de nuevo a los caballos y la troika pasaba rápidamente por delante de la capilla Fedorovsky, rumbo al palacio de Alejandro. De entre sus muchas residencias imperiales, esa era la preferida de la zarina. Raras veces utilizaban el Palacio de Invierno de San Petersburgo como no fuera para bailes de gala o recepciones de Estado. Todos los años, en mayo, se trasladaban a su villa de la finca de Peterhof y, tras pasar el verano en su yate
Estrella Polar y en la localidad polaca de Spala, en septiembre iban siempre al palacio de Livadia. A menudo Zoya los acompañaba y permanecía con ellos hasta que se reanudaban las clases en el Instituto Smolny. Pero el palacio de Alejandro era también su preferido. Estaba enamorada del famoso tocador malva de la zarina y pidió que su propia habitación en casa fuera decorada con los mismos tonos opalinos que la de tía Alix. A su madre le hizo gracia aquel capricho y, hacía un año, decidió complacerla. María le tomaba el pelo cada vez que la visitaba, diciéndole que su habitación le recordaba demasiado a la de su madre.
Fiodor saltó de su asiento mientras dos jóvenes sujetaban los caballos y bajo la fuerte nevada le tendió cuidadosamente la mano a Zoya. El grueso abrigo de piel de la muchacha estaba cubierto de copos de nieve, y sus mejillas aparecían arreboladas a causa del frío y las dos horas de trayecto desde San Petersburgo. Solo tendría tiempo de tomar el té con su amiga, pensó Zoya, cruzando la impresionante entrada del palacio de Alejandro. Fiodor regresó a toda prisa junto a los caballos. Tenía amigos en las caballerizas y mientras esperaba a su ama siempre disfrutaba contándoles las últimas noticias de la ciudad.