– No digas tonterías. -La condesa se despidió con la mano mientras Zoya iba por su capa y al regresar se la echaba sobre los hombros-. Soy perfectamente capaz de cruzar sola el jardín, ¿sabes?, lo hago varias veces al día.

– En tal caso, no me niegue el placer de hacerlo con usted, madame.

– De acuerdo, pues, Konstantin. Buenas noches, Zoya.

– Buenas noches, abuela. Y gracias por guardarme a Sava.

La anciana le dio a su nieta un cariñoso beso y Zoya subió a su dormitorio malva mientras ellos salían al frío jardín. Zoya bostezó perezosamente y sonrió al pensar en la perrita que María y su madre le habían regalado. Fue un día delicioso. Cerró con cuidado la puerta del dormitorio y se hizo la firme promesa de regresar a Tsarskoe Selo en cuestión de uno o dos días. Pero entretanto tendría que pensar en algo bonito para llevarle a Mashka.

3

Dos días más tarde, cuando Zoya tenía previsto regresar a Tsarskoe Selo para ver a María, se recibió una carta por la mañana antes del desayuno. La entregó el propio doctor Fedorov, el médico de Alexis, que se había desplazado a la ciudad para recoger unos medicamentos y trajo la desagradable noticia de que María también había sucumbido a la enfermedad. Zoya leyó la nota consternada. No solo no podría visitar a su prima de momento, sino que, a lo mejor, ambas tardarían varias semanas en reencontrarse, pues, según dijo el doctor Fedorov, María no podría recibir visitas durante algún tiempo. Todo dependería del curso de la enfermedad. Anastasia ya sentía algunas molestias en el oído a causa de la dolencia, y mucho se temía el médico que el zarevich hubiera contraído una pulmonía.

– Oh, Dios mío… -exclamó Natalia en tono quejumbroso-. Y tú estuviste expuesta al contagio, Zoya. Te prohibí terminantemente que fueras y ahora corres peligro de enfermar… ¿Cómo has podido hacerme eso? ¡Cómo te has atrevido!



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