La condesa era una mujer unánimemente querida y respetada por sus sólidos principios y convicciones. Konstantin conocía su prudencia y procuraba seguir sus acertados consejos.

– ¡Aquí la tienes, abuela! -exclamó Zoya, entrando de nuevo con la minúscula perrita en brazos. La condesa la tomó con sumo cuidado-. ¿No te parece bonita?

– Es preciosa… y lo seguirá siendo hasta que se coma mi mejor sombrero o mis zapatos preferidos…, pero no quiera Dios que estropee mi alfombra Aubusson favorita. Como lo hagas -añadió, acariciando la cabecita del animalito tal como antes hiciera con el cabello de Zoya-, prepararé una sopa contigo. ¡No lo olvides! -La pequeña Sava emitió un ladrido a modo de respuesta-. Alix ha sido muy amable haciéndote este regalo. Espero que le hayas dado las debidas gracias.

Zoya rió y se cubrió graciosamente la boca con una mano.

– Temía que mamá se disgustara.

La abuela rió mientras Konstantin disimulaba una sonrisa por respeto a su mujer.

– Veo que conoce muy bien a tu madre, ¿verdad, Konstantin? -dijo la condesa, mirando a su hijo directamente a los ojos para que la entendiera.

– La salud de la pobre Natalia no es muy buena últimamente. Puede que más adelante…

– Dejémoslo, Konstantin. -La condesa viuda hizo un impaciente gesto con la mano y, sin soltar la perrita, le dio a su nieta un beso de buenas noches-. Ven a vernos mañana, Zoya, ¿o acaso piensas volver a Tsarskoe Selo? Debería ir contigo cualquier día de estos para visitar a Alix y a los niños.

– Mientras estén enfermos no lo hagas, mamá, te lo suplico… Además, con este tiempo el viaje sería demasiado duro para ti.

– No seas necio, Konstantin -dijo la condesa riendo-. Tuve el sarampión hace casi cien años, y el mal tiempo nunca me asustó. Estoy muy bien, gracias a Dios, y pienso seguir estándolo por lo menos otros doce años, o tal vez más. Lo digo completamente en serio.

– Excelente noticia -repuso Konstantin sonriendo-. Te acompañaré al pabellón.



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