
– ¿Por qué has venido a ver otra vez a papá? ¿Ocurre algo, Nicolai?
– No seas tonta. ¿Por qué piensas que ocurre algo? Qué boba eres.
Pero qué lista también. Nicolai se asombró de que su hermana hubiera intuido la razón de su regreso para ver a Konstantin. La víspera, durante la reunión de la Duma, Alexander Kerensky había pronunciado un discurso muy agresivo que incluía una incitación para asesinar al zar, y Nicolai temía que parte de lo que el embajador Paleólogo le había dicho se hiciera realidad. Quizá la situación era más grave de lo que pensaban y el pueblo estaba más alterado por la falta de víveres de lo que sospechaban. El embajador británico, sir George Buchanan, le comentó lo mismo antes de marcharse a pasar diez días de vacaciones a Finlandia. Por eso deseaba conocer una vez más la opinión de su padre.
– Tú nunca vienes a visitarnos a no ser que ocurra algo, Nicolai -dijo Zoya mientras la troika recorría velozmente la hermosa avenida Nevsky.
Había nieve recién caída en el suelo y la calle estaba más bonita que nunca. Nicolai insistió en que no pasaba nada y, aunque sintió una extraña punzada de temor, su hermana decidió creerle.
– Es un comentario encantador, Zoya. Pero no es verdad. Dime más bien si es cierto que has vuelto a disgustar a mamá. Me han dicho que está en cama por tu culpa y que el médico la visita dos veces al día.
Zoya encogió los hombros y esbozó una sonrisa pícara.
– Todo se debe a que el doctor Fedorov le dijo que Mashka tiene sarampión.
– ¿Y tú serás la próxima? -preguntó Nicolai mientras ella soltaba una carcajada.
– No seas tonto. Yo nunca me pongo enferma.
– No estés tan segura. Pero no se te ocurra volver allí, ¿de acuerdo?
Por un instante, Nicolai pareció inquietarse, pero su hermana sacudió la cabeza con infantil decepción.
