– No me lo permitirán. Nadie puede visitarlas ahora. Y la pobre Anastasia tiene un terrible dolor de oído.

– Pronto se curarán y podrás ir a verlas.

Zoya asintió sonriendo.

– Por cierto, Nicolai, ¿cómo está tu bailarina?

Nicolai se sobresaltó por un momento y después tiró de un mechón del cabello de su hermana que asomaba bajo su gorro de piel.

– ¿Qué te induce a pensar que tengo una «bailarina»?

– Eso lo sabe todo el mundo, tonto… Tal como se sabía lo de tío Nicolás antes de la boda con tía Alix.

Zoya hablaba abiertamente con Nicolai porque era su hermano, pero, aun así, él se escandalizó. Aunque la joven no tenía pelos en la lengua, Nicolai esperaba por lo menos un poco de recato.

– ¡Zoya! ¡Cómo te atreves a hablar de esas cosas!

– Contigo puedo decir lo que me apetezca. ¿Cómo es ella? ¿Es guapa?

– ¡No es nada porque no existe! ¿Es eso lo que te enseñan en el Smolny?

– No me enseñan nada -contestó la joven, pasando por alto la sólida educación que había recibido allí, semejante a la que tiempo atrás recibiera su hermano en el Corps des Pages imperial, la academia militar destinada a hijos de nobles y militares de alta graduación-. Además, estoy a punto de terminar.

– Supongo que estarán encantados de perderte de vista, querida.

Zoya se encogió de hombros y ambos se echaron a reír. Nicolai pensó por un instante que había logrado desviar su atención, pero su hermana volvió a la carga y lo miró con una sonrisa perversa.

– Aún no me has dicho nada de tu amiga, Nicolai.

– Eres una chica imposible, Zoya Nikolaevna.

La muchacha rió mientras regresaban lentamente a su palacio de la calle Fontanka. Para entonces, su padre ya había vuelto a casa y ambos hombres se encerraron en la biblioteca de Konstantin, cuyos ventanales daban al jardín. La estancia estaba llena de preciosos libros encuadernados en cuero y de objetos reunidos por Konstantin a lo largo de los años, particularmente piezas de malaquita y la colección de huevos de Pascua de Fabergé que Natalia le regalaba cada año, similares a los que el zar y la zarina se intercambiaban en las ocasiones señaladas. Mientras permanecía de pie junto a la ventana escuchando a su hijo, Konstantin vio que Zoya atravesaba el jardín nevado para visitar a su abuela y a Sava.



35 из 366