

Caryl Férey
Zulú
Traducción: Isabel González-Gallarza
Sé como una brizna de hierba,
Y serás más grande que el eje del universo…
ATTILA JÓZSEF
A mi amigo Fred Couderc
cuyas alas de gigante me enseñaron a volar,
y a su mujer, Laurence,
planeador inquieto.
«Zone Libre»
por el sonido, a volumen brutal.
PRIMERA PARTE
1
– ¿Tienes miedo, hombrecito?… Dime: ¿tienes miedo?
Ali no contestó. Demasiadas culebras en la boca.
– ¿Ves lo que pasa, pequeño zulú? ¡¿Lo ves?!
No, no veía nada. Lo agarraron del pelo y lo llevaron hasta el árbol del jardín para obligarlo a mirar. Ali, obstinado, hundía la cabeza entre los hombros. Las palabras del gigante del pasamontañas le mordían la nuca. No quería alzar la mirada. Ni gritar. El ruido de las antorchas crepitaba en sus oídos. El hombre apretó con más fuerza su mano encallecida sobre su cabeza.
– ¿Lo ves, pequeño zulú?
El cuerpo colgaba balanceándose blandamente de la rama del jacarandá. El torso relucía apenas a la luz de la luna, pero Ali no reconocía el rostro: ese hombre colgado de los pies, esa sonrisa sangrienta por encima de él no era su padre. No, no era él.
No del todo.
Ya no.
Volvió a restallar el sjambock
Estaban todos allí, reunidos para el reparto del botín, los «Judías verdes», las milicias adiestradas para mantener el orden en los townships
– ¡Mira, niño: mira!
Le apestaba el aliento a cerveza y a la miseria del bantustán
