[3]: volvió a golpear, dos veces, latigazos que desgarraban la piel de su padre, pero el hombre colgado del árbol ya no reaccionaba. Había perdido demasiada sangre. La piel se le había levantado por todas partes. Estaba irreconocible. La realidad se había resquebrajado. Ali, ingrávido, miraba fijamente hacia el lado contrario: no era su padre eso que colgaba del árbol… No.

Le giraron la cabeza como una tuerca para obligarlo a mirar, antes de arrojarlo de bruces contra el suelo. Ali cayó sobre el césped seco. No reconocía a los hombres que lo rodeaban, los gigantes llevaban medias en la cara o pasamontañas, sólo veía la rabia reflejada en sus miradas, sus capilares reventados como ríos de sangre. Escondió la cabeza entre las manos para enterrarse en ellas y ocultarse, para acurrucarse y volver a ser líquido amniótico… A dos pasos de allí, Andy flaqueaba a ojos vista. Todavía vestía el pantalón corto rojo que le servía de pijama, y que ahora estaba empapado de orina, y sus rodillas se entrechocaban. Le habían atado las manos a la espalda y le habían puesto un neumático al cuello. Los ogros lo empujaban, le escupían a la cara, increpándose unos a otros, a ver quién encontraba la frase adecuada, la mejor justificación para la matanza. Andy los miraba, con los ojos fuera de las órbitas.

Ali nunca había visto a su hermano flaquear: Andy tenía quince años, era el mayor. Por supuesto, se peleaban con frecuencia, para desesperación de su madre, pero Ali era decididamente demasiado pequeño para defenderse. Preferían ir de pesca y jugar con los coches de alambre que hacían ellos mismos. Peugeot, Mercedes, Ford, Andy era un experto. Hasta se había fabricado un Jaguar, que habían visto en una revista, un coche inglés que les hacía soñar. Ahora sus rodillas huesudas y torcidas tiritaban a la luz de las antorchas; el jardín al que lo habían arrastrado apestaba a gasolina, y los gigantes se peleaban entre los bidones. Más lejos había gente gritando en la calle, los Amagoduka que venían del campo y no entendían lo que les hacían a sus vecinos: la tortura del collar.



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