
Andy lloraba, lágrimas negras sobre su piel de ébano, con su pantalón corto rojo empapado de miedo… Ali vio a su hermano tambalearse cuando arrojaron la cerilla al neumático cubierto de gasolina.
– ¡¿Ves lo que pasa, hombrecito?! ¡¿Lo ves?!
Un grito, el chorro de petróleo sobre sus mejillas, la silueta dislocada de su hermano que se disolvía, fundiéndose como un soldadito de goma, y ese espantoso olor a quemado…
Los pájaros describían diagonales imposibles entre los ángulos del acantilado; se lanzaban en picado hacia el océano, inventaban suicidios y regresaban batiendo las alas…
Apostado en el terraplén que dominaba el lugar, Ali Neuman miraba pasar los buques de carga en el horizonte. Despuntaba el alba en el Cabo de Buena Esperanza, naranja y azul en el espectro índico. Las ballenas no eran más que un pretexto de paseo en su insomnio, ballenas jorobadas que, a partir de septiembre, venían a retozar a la punta de África… Ali había visto una vez a una pareja de ballenas saltar juntas en el aire antes de sumergirse en una larga apnea amorosa y reemerger cubiertas de espuma… La presencia de las ballenas le daba un poco de paz, como si su fuerza subiera hasta él. Pero el tiempo del amor había pasado para siempre. El alba horadaba la bruma sobre el mar, y ya no vendrían, ni esa mañana ni al día siguiente.
Las ballenas lo rehuían.
Habían desaparecido en las aguas heladas: ellas también tenían miedo del zulú…
Desdeñando el abismo que le tendía los brazos, Neuman bajó el sendero. El Cabo de Buena Esperanza estaba desierto a esa hora; no había autocares ni turistas chinos posando muy formalitos ante el mítico cartel. Sólo la brisa atlántica, que soplaba sobre la landa pelada, fantasmas conocidos que se perseguían al alba y sus eternas ganas de pelearse con el mundo. Una rabia ciega. Incluso los babuinos del parque se mantenían a distancia.
