
Ebrio, el capitán Vimes, de la Guardia Nocturna, se tambaleó calle abajo, se dejó caer suavemente en el canalón junto a la Casa de la Guardia y se quedó allí tendido, mientras sobre él unas extrañas letras hechas de luz chisporroteaban con la humedad, y cambiaban de color…
La ciudad era una…, una…, una cosa de ésas. Una mujer. Eso, una mujer. Una mujer vieja y eso. Te seducía, te dejaba que te eso, que te enamoraras, y luego te daba una buena patada en eso, en…, en la… cosa con d… en la dengua…, no, en los dientes. Eso, eso es lo que hacía la muy…, la muy animal…, ya sabes, la mujer del bicho ese…, la zorra. Y entonces la odiabas, y justo cuando pensabas que ya la tenías en un…, en un…, bueno, en un ése…, te abría su enorme corazón podrido y te cogía de impra… impre… improviso. Eso. Nunca sabías a qué atentarte…, atontarte…, atenerte. Lo único que sabías era que no podías soltarla. Porque era tuya, tuya hasta la última alcantarilla…
La húmeda oscuridad envolvía los venerables edificios de la Universidad Invisible, la principal escuela de magia. No había más luz que un tenue parpadeo octarino en las pequeñas ventanas del nuevo edificio de Magia de Alto Voltaje, donde los cerebros más experimentados estaban estudiando el tejido mismo del universo, tanto si le gustaba como si no.
Y claro, también había luz en la biblioteca.
La biblioteca contenía la mayor colección de libros sobre magia de todo el multiverso. Miles de volúmenes de sabiduría ocultista combaban los estantes.
Se decía que, como una gran cantidad de magia puede distorsionar seriamente el mundo cotidiano, la biblioteca no obedecía las normas habituales de espacio y tiempo. Se decía que era infinita. Se decía que uno podía vagar días y días entre las estanterías más lejanas, que había tribus de estudiantes e investigadores perdidos, que en algunas zonas habitaban cosas extrañas, perseguidas por otras cosas aún más extrañas
