
Los estudiantes inteligentes que se aventuraban a buscar algún libro alejado dejaban marcas de tiza en los estantes a medida que se adentraban en la oscuridad, y encargaban a sus amigos que los buscaran si no habían regresado para la hora de cenar.
Además, como la magia sólo se puede confinar hasta cierto punto, los libros de la biblioteca eran algo más que pulpa de madera en forma de papel.
Sus lomos chisporroteaban con energía mágica, controlada sólo por los hilos de cobre que colgaban de cada estantería a modo de toma de tierra. Unos leves rastros de fuego azul recorrían los volúmenes, y se oía un sonido, un susurro como de papel, como si hubiera una colonia de estorninos anidando entre ellos. En el silencio de la noche, los libros charlaban entre ellos.
También se oían ronquidos.
La luz procedente de las estanterías no iluminaba la oscuridad, sino más bien la subrayaba, pero el parpadeo violáceo habría bastado para que cualquiera que pasara por allí localizara un viejo escritorio destartalado, bajo la cúpula principal.
Los ronquidos provenían de debajo de él, donde una manta desastrada apenas cubría lo que parecía un montón de sacos de arena, pero eran de hecho un orangután macho adulto. Era el bibliotecario.
Ya quedaba poca gente que mencionara el hecho de que se trataba de un simio. El cambio lo había provocado un accidente mágico, cosa que siempre es un riesgo calculado cuando uno se encuentra en compañía de tantos libros poderosos. Pero se lo había tomado bastante bien. Al fin y al cabo, conservaba su forma en lo básico. Y le habían permitido que siguiera con su trabajo, que por cierto se le daba bastante bien, aunque la palabra «permitido» no era la más apropiada. Era mas bien por su manera de doblar hacia arriba el labio superior para dejar al descubierto más dientes increíblemente amarillos de los que había en cualquier boca que hubiera visto el Consejo de la Universidad. Por eso el tema nunca se había tratado de manera oficial.
