
Pero ahora había otro sonido, el sonido extraño de una puerta al abrirse. Unos pasos resonaron por el sucio y se perdieron entre las estanterías abarrotadas. Los libros crepitaron indignados ante la intromisión, y algunos de los grimorios más grandes sacudieron sus cadenas.
El bibliotecario siguió durmiendo, arrullado por el susurro de la lluvia.
Al abrigo de su canalón, el capitán Vimes de la Guardia Nocturna abrió la boca y empezó a cantar.
Una figura envuelta en una capa negra recorría las calles nocturnas, pasando de portal a portal para ocultarse, hasta llegar a un portalón sombrío. Ningún portalon puede llegar a ser tan sombrío sin esfuerzo. Parecía tomo si el arquitecto hubiera recibido instrucciones concretas. Queremos algo escalofriante en roble oscuro, le debían de haber dicho. Así que pon una gárgola bien desagradable sobre el arco, que al cerrarse suene como la patada de un gigante…, en fin, que quede bien claro para cualquiera que la vea que no es una de esas puertas cuyos timbres hacen «ding-dong».
La figura dio una serie de golpecitos a un complicado ritmo en la madera oscura. Se abrió una pequeña mirilla protegida por barrotes, y un ojo suspicaz escudriñó el exterior.
—El búho sensato ulula a medianoche —dijo el visitante, tratando de sacudirse la lluvia de la capa.
—Pero muchos señores grises contemplan con tristeza a los hombres sin amo —entonó la voz al otro lado de la rejilla.
—Hurra, hurra por la hija de la hermana de la soltera —replicó la figura empapada.
—Para el verdugo, todos tenemos la misma altura.
—Sí, sin duda la rosa está dentro de la espina.
—La buena madre prepara sopa de verduras para su hijo descarriado —siguió la voz tras la puerta.
