Alargando sus tentáculos urbanizadores desde su isla natal, la ciudad se ha convertido en una megalópolis con cuatro de sus cinco barrios cubriendo la mitad de una isla sobre un centenar y medio de kilómetros de longitud, engullendo a otra isla y desparramándose río Hudson arriba por el continente norteamericano. El quinto de los barrios, el original, es Manhattan: una losa de granito primitivo y roca metamórfica rodeada de agua por todos lados, acuclillada como una araña de piedra y acero en el centro de su tela de puentes, túneles, tuberías, cables y vías de transporte. Incapaz de extenderse hacia los lados, Manhattan se ha proyectado hacia arriba, alimentándose con su propia carne a medida que arranca los edificios antiguos para reemplazarlos por los nuevos, irguiéndose más altos y todavía más altos… pero nunca lo bastante altos, ya que no parece existir ningún límite a la gente que se apretuja aquí. Ejercen presión desde el exterior y crean sus familias, y sus hijos y los hijos de sus hijos crean familias, hasta que esta ciudad está poblada como ninguna ciudad lo ha estado en la historia del mundo. En este caluroso día de agosto del año 1999 hay —con una diferencia en más o menos de unos cuantos millares— treinta y cinco millones de habitantes en la ciudad de Nueva York.

PRIMA PARTE

I

El sol de agosto penetró a través de la abierta ventana y ardió sobre las desnudas piernas de Andrew Rusch hasta que la quemazón le arrancó de las profundidades de un pesado sueño. Tardó unos instantes en adquirir consciencia del calor y de la húmeda y áspera sábana debajo de su cuerpo. Se frotó los pegados párpados y permaneció allí, mirando fijamente el agrietado y manchado yeso del techo, sólo medio despierto y experimentando una sensación de dislocación, sin saber en aquellos primeros instantes del despertar dónde estaba, aunque habla vivido en este cuarto durante más de siete años.



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