Bostezó, y la extraña sensación se desvaneció mientras alargaba la mano hacia el reloj que siempre dejaba sobre una silla junto a la cama, y luego bostezó de nuevo mientras parpadeaba a las manecillas apenas visibles detrás del maltrecho cristal. Las siete… las siete de la mañana, y había un pequeño número 9 en el centro de la ventanilla cuadrada. Lunes, 9 de agosto de 1999… y la atmósfera ardía ya como un horno, con la ciudad empapada aún de la ola de calor que había cocido y asfixiado a Nueva York en los últimos diez días. Andy se rascó un reguero de sudor en su costado, y luego apartó las piernas del sol y ablandó la almohada debajo de su cuello. Del otro lado del delgado tabique que dividía el cuarto por la mitad llegó un leve chirrido que no tardó en convertirse en un zumbido estridente.

—Se ha hecho de día… —gritó Andy por encima del sonido, y luego empezó a toser. Todavía tosiendo, se levantó de mala gana y cruzó el cuarto para llenar un vaso de agua en el tanque de la pared: salió un chorro delgado y turbio. Andy se tragó el agua, golpeó la esfera del tanque con los nudillos, y la aguja osciló y acabó por de tenerse junto al indicador Vacío. Necesitaba ser llenado, tendría que ocuparse de eso antes de entrar de servicio en la comisaría, a las cuatro.

El día había empezado.

Un espejo de cuerpo entero, con una raja de arriba a abajo, estaba fijado delante del pesado armario, y Andy acercó a él su rostro, frotándose la rasposa mandíbula. Tendría que afeitarse antes de salir. Nadie debería mirarse al espejo por la mañana, desnudo y sin haberse despertado del todo, decidió con desagrado, frunciendo el ceño ante la blancura marmórea de su piel y el ligero arqueamiento de sus piernas, habitualmente ocultas por sus pantalones.



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