
—Se ha hecho de día… —gritó Andy por encima del sonido, y luego empezó a toser. Todavía tosiendo, se levantó de mala gana y cruzó el cuarto para llenar un vaso de agua en el tanque de la pared: salió un chorro delgado y turbio. Andy se tragó el agua, golpeó la esfera del tanque con los nudillos, y la aguja osciló y acabó por de tenerse junto al indicador Vacío. Necesitaba ser llenado, tendría que ocuparse de eso antes de entrar de servicio en la comisaría, a las cuatro.
El día había empezado.
Un espejo de cuerpo entero, con una raja de arriba a abajo, estaba fijado delante del pesado armario, y Andy acercó a él su rostro, frotándose la rasposa mandíbula. Tendría que afeitarse antes de salir. Nadie debería mirarse al espejo por la mañana, desnudo y sin haberse despertado del todo, decidió con desagrado, frunciendo el ceño ante la blancura marmórea de su piel y el ligero arqueamiento de sus piernas, habitualmente ocultas por sus pantalones.
