—¿Qué pasa? —preguntó Andy—. Creí que este punto estaba abierto hasta mediodía.

El patrullero se volvió, acercando maquinalmente la mano a la funda de su revólver, hasta que reconoció al detective de su propia comisaría. Se echó hacia atrás su gorra de uniforme y secó el sudor de su frente con el dorso de la mano.

—Acabo de recibir órdenes del sargento: todos los puntos permanecerán cerrados durante veinticuatro horas. El nivel del depósito está muy bajo a causa de la sequía, y hay que ahorrar agua.

—Malas noticias para mí —dijo Andy, contemplando la llave todavía en la cerradura—. Voy a entrar de servicio ahora, y esto significa que me quedaré sin agua un par de días…

Tras echar una cuidadosa ojeada a su alrededor, el patrullero abrió la puerta y cogió una de las latas de manos de Andy.

—Tendrá que arreglárselas con una lata —dijo. La sostuvo debajo del grifo mientras se llenaba, y a continuación bajó el tono de su voz—: No lo comente, pero se rumorea que han vuelto a dinamitar el acueducto en la parte alta del Estado.

—¿Otra vez esos agricultores?

—Probablemente. Yo estuve de servicio allí antes de que me destinaran a esta comisaría, y aquello es un infierno: continuamente se corre el peligro de que le hagan volar a uno junto con. el acueducto. Pretenden que la ciudad les está robando el agua.

—Tienen la suficiente —dijo Andy, cogiendo la lata llena—. Más de la que necesitan. Y aquí en la ciudad hay treinta y cinco millones de personas que padecen sed.

—No seré yo quien se lo discuta —dijo el patrullero, volviendo a cerrar la puerta.

Andy emprendió el camino de regreso a través de la multitud, y se dirigió directamente al patio trasero del edificio. Todos los retretes estaban ocupados y tuvo que esperar, y cuando finalmente pudo entrar en uno de los cubículos metió dentro también las latas; cualquiera de los chiquillos que jugaban en el montón de escombros se las robaría con toda seguridad si las dejaba afuera.



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