Andy se puso lentamente unos pantalones y una camisa sin mangas, y luego colocó una cacerola llena de agua en la repisa de la ventana para que se calentara al sol. Cogió las dos latas de plástico de diez litros, y cuando se disponía a salir Sol levantó los ojos del televisor, mirando por encima de sus anticuadas gafas.

—Cuando traigas el agua te prepararé un trago… ¿O crees que es demasiado temprano?

—Tal como me siento hoy, no.

El rellano quedó completamente a oscuras después de que la puerta se hubo cerrado tras él, y Andy avanzó cuidadosamente a lo largo de la pared hasta la escalera, maldiciendo y casi cayendo al tropezar con un montón de basura que alguien había tirado allí. Dos tramos más abajo la pared había sido agujereada para practicar en ella una especie de ventanuco por el cual penetraba la claridad suficiente como para alumbrar el camino en los otros dos tramos hasta la calle. Al salir del húmedo zaguán, el calor de la Calle Veinticinco le golpeó como una oleada de moho, un miasma sofocante compuesto de putrefacción, suciedad y humanidad sin lavar. Tuvo que abrirse paso a través de las mujeres que llenaban las gradas del edificio, andando cuidadosamente para no pisar a los niños que estaban jugando debajo. La acera quedaba todavía en la sombra, pero estaba tan atestada de gente que Andy avanzó por la calzada, lejos del bordillo para evitar los escombros y la basura acumulados allí. Los días de calor habían ablandado el asfalto hasta el punto de que cedía al pisarlo, y luego se pegaba a las suelas de los zapatos. Había la habitual cola que conducía al columnario punto de agua rojo en la esquina de la Séptima Avenida, pero empezó a deshacerse en medio de un furioso griterío y de puños agitándose en el preciso instante en que Andy llegaba allí. La multitud se dispersó, sin dejar de murmurar, y Andy vio que el patrullero de servicio estaba cerrando la puerta de acero del punto de agua.



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