
El teléfono volvió a sonar. Caley abrió la boca, pero la volvió a cerrar sin articular palabra. Miró el identificador de llamada y esa vez decidió no responder. En vez de eso, agarró el extremo del edredón y tiró de él para cubrirse, dejando destapado a Jake. Lo miró con desconfianza, esperando su próximo movimiento.
– ¿Creías que era otra persona? -le preguntó él.
– Sí -espetó ella, pero por su expresión de culpa era obvio que estaba mintiendo.
– ¿Algún otro hombre llamado Jake?
– Sí. Conozco a tres o cuatro Jake.
Él agarró un extremo del edredón y se cubrió el regazo. No podía asegurar que «nada había pasado» con una erección delatora bajo los calzoncillos. Se aclaró la garganta y se obligó a sonreír.
– Bueno, ¿y cómo te ha ido en todo este tiempo? Ha pasado… ¿cuánto? ¿Once años?
Ella asintió, aferrándose el edredón contra el pecho. Tenía las mejillas coloradas, respiraba con dificultad, y el pelo le caía suelto y alborotado por los hombros. A Jake nunca le había parecido tan hermosa, y bajó la mirada hacia los dedos de los pies, cuyas uñas perfectamente pintadas asomaban bajo la manta. Se había pasado mucho tiempo mirándole los pies cuando eran jóvenes, simplemente para apartar la vista de sus pechos.
– Tu madre dijo que no llegarías hasta esta mañana -comentó.
– Decidí venir directamente desde el aeropuerto. ¿Cuándo has llegado?
– Ayer. ¿Y bien? ¿Qué me puedes contar de tu vida?
– No mucho -respondió ella-. Nada más que trabajo. Sigo en la misma empresa de relaciones públicas en la que entré al acabar la universidad. Me hicieron socio el mes pasado. ¿Y tú?
– Tengo mi propia empresa de diseño. Me dedico a la arquitectura residencial. Mi especialidad son las casas de vacaciones, basándome en los diseños clásicos.
– Interesante -respiró hondo, como si estuviera cansada de aquella charla intrascendente-. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué se te ha perdido en la fiesta de aniversario de mis padres?
