
– ¿Qué… qué estás haciendo en mi cama?
– Creo que la pregunta apropiada sería… ¿qué estás haciendo tú en mi cama?
– No es tu cama. Es la habitación de Emma. Es su cama… -parpadeó frenéticamente-. Y tú no eres ella.
– Emma se está alojando en el hotel del pueblo para tener un poco de paz y tranquilidad. No quedaba sitio en nuestra casa, y tu madre me ofreció la última cama libre.
El móvil empezó a sonar de nuevo, y Caley miró a su alrededor. Se arrastró por el suelo hasta agarrar su bolso y miró a Jake con recelo mientras sacaba el móvil.
– ¿Diga?
Jake le sonrió, recorriendo con la mirada sus largas piernas desnudas hasta sus braguitas negras. Sí, la adolescente desgarbada había dejado paso a una mujer increíblemente sexy.
– Sí, John. Lo entiendo. No, me pondré a ello enseguida y lo tendrás hoy mismo… De acuerdo… Tú también. Adiós.
– ¿Tu novio?
– Mi jefe -murmuró ella-. ¿Has estado en esta cama toda la noche… conmigo?
Jake asintió, tragándose una maldición. Había estado dormida…
– Sí, pero no contigo. Quiero decir, que no hemos hecho nada. Tan sólo estábamos uno al lado del otro. Y luego… bueno, te despertaste -lo último que quería era que Caley saliera corriendo, acusándolo de ser un pervertido-. Eh, no pasa nada… Estaba oscuro. Me confundiste con tu hermana. ¿Cómo podrías haberlo sabido?
Ella lo miró con el ceño fruncido.
– Entonces no estábamos… no estaba… No ha pasado nada, ¿verdad?
Jake puso una mueca.
– Bueno, ha habido algo, pero también se debió a una confusión. Di por hecho que te habías metido en la cama conmigo por una razón, y…
Ella se tocó los labios.
– ¿Me has besado?
– Y tú me devolviste el beso. Luego nos tocamos un poco, pero sin desnudarnos… salvo cuando me metiste la mano por los calzoncillos.
