Pero Caley siempre tenía otras cosas en mente.

A cada kilómetro recorrido, crecía su emoción e impaciencia. ¿Qué aspecto tendría? ¿Seguiría igual a como ella lo recordaba o habría cambiado? ¿Y ella, había cambiado? ¿Cómo la vería él? ¿Sería aquel verano el verano en que finalmente se atreviera a besarlo?

Año tras año, viaje tras viaje, sus pensamientos siempre se habían concentrado en él. Incluso ahora, se sorprendió a sí misma volviendo a los viejos hábitos. Jake Burton. Había sido su príncipe azul, su caballero de reluciente armadura, su primera fantasía romántica y su primer amor. Todo ello envuelto en un físico increíblemente atractivo y sensual.

Su familia ocupaba la casa veraniega vecina. Todos se reunían cada verano: los cinco Lambert y los cinco Burton, formando una tribu de crios conocida en North Lake como «los Burtbert». Durante años Caley había visto a Jake como a su hermano mayor, Evan. Un chaval bruto e impertinente, con la cara cubierta de granos y que no hacía más que eructar y escupir.

Pero entonces, un día estaban nadando y Jake la hundió bajo la balsa. Caley se había sumergido como una cría de once años, y había vuelto a la superficie como una adolescente enamorada. Jake tenía trece años y se había convertido en un chico muy apuesto, con unos brillantes ojos azules y una dentadura perfecta. El agua goteaba de sus oscuras pestañas mientras él le sonreía, y su rostro parecía tan suave y bronceado que Caley no había podido resistir el impulso de tocarle la mejilla.

Nada más hacerlo, Jake le había apartado bruscamente la mano, frunciendo el ceño con una mueca de confusión. Pero desde aquel momento, Caley había estado enamorada. Más tarde, su amor casto e infantil se transformó en una lujuria adolescente, y luego en unos sentimientos que rayaron la obsesión… para acabar finalmente en la humillación.



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