Respiró hondo y suspiró. Durante los últimos once años se las había apañado para visitar la casa del lago sólo cuando tenía la certeza de que Jake estaba en cualquier otro sitio. Sin embargo, con cada visita albergaba la secreta esperanza de volver a encontrarse con él, y tal vez de arreglar el desastre que había provocado la noche de su decimoctavo cumpleaños.

El teléfono volvió a sonar y Caley maldijo en voz alta mientras lo agarraba. Pero esa vez no reconoció el número, tan sólo el prefijo de Manhattan. Ahora que se había convertido en socia, su jefe podía llamarla a cualquier hora del día y de la noche, y John Walters se había aprovechado de esa ventaja en más de una ocasión. Caley se preguntó qué clase de emergencia habría surgido a las cuatro de la mañana, hora de Nueva York.

Abrió el móvil y se lo llevó a la oreja.

– ¿Diga?

– Me imaginé que no responderías a una llamada de mi móvil, así que me he visto obligado a llamarte desde el teléfono público de la esquina.

Caley reconoció la voz de Brian y se tragó otra maldición.

– No quiero hablar contigo. Ya te dije todo lo que había que decir antes de marchante. Se ha terminado.

– Caley, podemos arreglarlo. No puedes acabar así, sin más. Todo iba bien…

Ella se echó a reír y sacudió la cabeza. Brian era uno de los mejores abogados de Wall Street. Al igual que ella, podía sacarle el lado positivo al peor desastre imaginable.

– ¿Cómo puedes decir eso? -preguntó-. Siempre estamos separados, y las pocas veces que nos vemos sólo hablamos de trabajo.

– ¿Qué quieres? Puedo hablar de otras cosas.

– Ésa no es la cuestión -dijo Caley sintiéndose cada vez más frustrada. Normalmente podía expresar sus puntos de vista con claridad y frialdad. Pero esa vez no tenía ni idea de lo que quería. Sólo sabía que no quería volver a ver a Brian. Durante mucho tiempo se había sentido perdida y aquél era el único modo de volver a encauzar su vida.



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