
– Su carné de conducir y los papeles del vehículo, por favor.
– No… no sé si tengo los papeles -balbuceó ella-. Es un coche alquilado -sacó el carné de la cartera y abrió la guantera-. Lo alquilé en Seepy Rental, en O'Hare. Aquí tengo el contrato de alquiler -le entregó los papeles y lo miró-. No iba tan deprisa.
– Estaba hablando por un teléfono móvil -replicó él-. Va contra las leyes que tenemos en North Lake. ¿Ha estado bebiendo, señorita?
– No -respondió ella, sorprendida por la pregunta-. Me salí de la carretera porque estaba cansada. Necesitaba respirar aire fresco.
El agente examinó atentamente su carné.
– Caroline Lenore Lambert -murmuró-. ¿Es usted Caley Lambert? -dirigió la linterna hacia su cara y Caley entornó los ojos.
– Sí.
– ¿De los Burtbert?
– Sí.
El agente apagó la linterna y se inclinó con una sonrisa amistosa.
– Vaya, ¿no me recuerdas? -se señaló el nombre en la chaqueta-. Soy Jeff Winslow. Salimos unas cuantas veces el verano de… bueno, no importa. Te llevé a pasear en barca. Encallamos cerca de Raspberry Island y tú me llamaste idiota y me tiraste una lata de refresco a la cabeza.
Caley lo recordaba muy bien. Había sido como quedarse sin gasolina en una carretera desierta. También recordaba que Jeff Winslow había intentado besarla y luego la había reprendido por comportarse como una mojigata. Casi todos los chicos con los que Caley había salido aquel verano le habían servido para un único propósito… darle celos a Jake Burton.
– Pues claro -dijo-. Jeff Winslow. Cielos… ¿ahora eres policía? Qué irónico resulta, después de todos los problemas que causabas.
– Sí… Una juventud malgastada. Pero me reformé a tiempo y conseguí un título en Criminología. Estuve trabajando para el Departamento de Policía de Chicago, hasta que me enteré de que estaban buscando un jefe de policía aquí y pensé «qué demonios». Ya me habían disparado cuatro veces en Chicago -se echó a reír-. Parece que vas a tener suerte…
