– ¿Suerte?

Él cerró su libreta y se la guardó en el bolsillo trasero.

– Voy a dejar que te vayas con una simple advertencia -le devolvió el carné de conducir-. Siempre que me prometas que no hablarás por el móvil mientras estés conduciendo. Va contra las leyes del estado y puede ser una falta muy grave.

– Gracias -dijo Caley.

– Bueno, ¿y qué ha sido de tu vida? La última vez que te vi en North Lake acababas de terminar el instituto.

– Trabajo en Nueva York. No he vuelto mucho por aquí.

– Lástima -repuso Jeff-. Es genial vivir en la ciudad, pero nunca llegué a apreciar realmente este lugar hasta que me marché. Hay algo especial en North Lake… se respira paz -se encogió de hombros y tocó la ventanilla con el dedo-. Conduce con cuidado, Caley. Las carreteras están muy resbaladizas. Y si te vuelvo a pillar hablando por el móvil, tendré que ponerte una multa.

– Entendido -dijo Caley.

– Buenas noches.

Por un momento Caley pensó que iba a decirle algo más, pero él se dio la vuelta y volvió a su coche patrulla. Unos segundos después, las luces dejaron de girar y Caley volvió a la carretera. No tardó en ver la indicación de West Shore Road y tomó el desvío, seguida a cierta distancia por Jeff.

Las casas que se alineaban junto a la orilla estaban a oscuras, casi todas ellas deshabitadas durante los meses de invierno, y Caley escudriñó los buzones a través de la nieve. Pasó junto al camino de entrada de los Burton, vecinos de sus padres, y subió por la pequeña pendiente entre los árboles sin hojas, conteniendo la respiración hasta que detuvo finalmente el coche. Una luz brillaba débilmente al final del camino. El agente Jeff siguió por la carretera, aparentemente satisfecho de que Caley hubiera llegado a su destino.

Apagó el motor y contempló la casa a través del cristal helado del coche.



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