– Kelly -llamó Brandon desde su oficina-. Trae la carpeta de Dream Coast cuando vengas, ¿vale?

– Ahora mismo voy.

La familiar voz de Brandon Duke hizo sonreír a Kelly. Con una altura de un metro noventa y tres, tendría que haberla intimidado desde el primer día. Además, sabía que bajo los trajes de diseño había músculos duros como rocas. Habían coincidido en el gimnasio del hotel más de una vez, y lo había visto en pantalones cortos y camiseta. Ver a un exjugador profesional de fútbol americano levantando pesas era un espectáculo que la dejaba sin aliento, pero ella lo achacaba a haberse excedido en la cinta de ejercicios.

Soltó una risita al pensar en algunas de sus amigas, que habrían asesinado por ver al guapo Brandon Duke en pantalones cortos. Por suerte, Kelly nunca se había sentido tentada por su jefe.

Era un hombre espectacular, sí, pero para Kelly era mucho más importante su puesto de trabajo que una aventura breve e insignificante con un deportista famoso. Y una aventura con Brandon Duke solo podía ser así. Había visto a las mujeres que hacían fila para salir con él, y cómo eran desechadas a las dos semanas como mucho.

– ¿Qué diablos te pasa? -susurró para sí. Nunca había pensado en su jefe en esos términos, y no tenía intención de empezar a hacerlo. Sacudió la cabeza, disgustada consigo misma.

Mientras se llenaba la cafetera, Kelly miró por la ventana, sintiéndose orgullosa y afortunada por estar allí. ¿A quién no le gustaría trabajar en lo alto de una colina, en el corazón del valle Napa, con vistas a viñedos que se perdían en el horizonte?

Brandon y su equipo ejecutivo llevaban cuatro meses trabajando in situ en el Mansion Silverado Trail. Seguirían allí alrededor de un mes más, hasta que el complejo estuviera abierto al público y concluyera la vendimia. Después regresarían a la sede central de Duke, en Dunsmuir Bay.

Para entonces, Kelly habría completado su plan y su vida volvería a la normalidad. Entretanto, tendría que acordarse de respirar y relajarse.



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