– ¿Oyes, Kelly? Relájate -murmuró, alisando el vestido con las manos. Después, llenó dos tazas de café-. Respira.

Dejó un café en su escritorio, recogió el correo y abrió la puerta del despacho de su jefe.

– Buenos días, Brandon -saludó, dejando el correo sobre su mesa.

– Buenos días, Kelly -dijo él, mientras escribía en una libreta-. Me alegro de tenerte de vuelta.

– Gracias, yo también de estar aquí -dejó la taza sobre el papel secante-. Café.

– Gracias -dijo él, absorto en lo que escribía. Un momento después, llevó la mano a la taza y alzó la vista. Sus ojos se agrandaron-. ¿Kelly?

– ¿Sí? -ella lo miró y parpadeó-. Ah, disculpa. Querías la carpeta de Dream Coast. La traeré.

– ¿Kelly? -su voz sonó tensa.

– ¿Sí, Brandon?

Él la miraba con… ¿incredulidad? ¿Horror? No era buena señal. Cuánto más la miraba, más nerviosa se ponía.

– Eh, vamos -dijo-. No tengo un aspecto tan horrible como para hacerte enmudecer -toqueteó el cuello del vestido, sonrojándose.

– Pero, ¿qué has hecho con…? -su voz se apagó, pero siguió mirando su rostro.

– Ah, ¿lo dices por las lentillas? Sí. Era hora de un cambio. Voy a por la carpeta.

– Kelly -sonó exigente.

Ella se dio la vuelta y vio que él la miraba el pelo. Suspiró y se apartó un mechón de la mejilla.

– Me lo han aclarado y le han dado forma. Nada importante -salió corriendo a por la carpeta.

A juzgar por la reacción de Brandon, la gente iba a mirarla como si fuera una alienígena. Así no iba a ser fácil relajarse, respirar y ejecutar su plan.

Buscaba en el archivador cuando oyó el sonido de las ruedas de la silla de Brandon. Segundos después él estaba en el umbral. Seguía mirándola.

– ¿Kelly? -repitió.

– ¿Por qué no haces más que repetir mi nombre? -Kelly alzó la cabeza.



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