
Eran las primeras horas de la mañana del segundo día. Rogers miró a Willis, el sicólogo, que permanecía sentado al otro lado de su mesa.
—Si de todas maneras iban a entregamos a Martino — preguntó Rogers —, ¿por qué se han tomado tantas molestias con él? No hubiera necesitado toda esa quincallería sólo para mantenerse vivo. ¿Por qué lo han convertido en un objeto de exhibición?
Willis se frotó con la mano la cara.
—Si suponemos que es Martino, verdaderamente no se comprende por qué nos lo han entregado. Estoy de acuerdo con usted. Si desde el principio hubiesen estado dispuestos a entregárnoslo, probablemente se habrían limitado a ponerle unos parches al viejo estilo. En lugar de ello, se han tomado muchísimas molestias para reconstruirlo lo más parecidamente posible a un ser humano funcionable.
—Lo que yo creo que ha sucedido es que ellos sabían que les sería útil. Esperaban mucho de él, y deseaban que fuese físicamente capaz de entregarles sus descubrimientos. Es muy probable que ni por un momento se hayan preocupado del aspecto que ahora ofrece para nosotros. Oh, no hay duda de que se han molestado en vestirlo con un mínimo de lo absolutamente necesario… pero quizá era a él a quien deseaban impresionar. En todo caso, posiblemente han pensado que se mostraría agradecido a ellos y les proporcionaría una especie de cuña. Y no descontemos la idea de excitar su admiración puramente profesional. Sobre todo teniendo en cuenta que es un físico. Eso podría ser un puente entre él y su cultura. Si ésta ha sido una de sus consideraciones, yo diría que una técnica sicológica excelente.
Rogers encendió un nuevo cigarrillo, e hizo mueca ante su sabor.
—Ya nos hemos enfrentado otras veces con problemas de esta especie. Podemos barajar casi todas las ideas que deseemos y hacer encajar algunos de los pocos hechos que conocemos. ¿Y qué nos demuestra eso?
—Bien, como he dicho, puede ser que jamás hayan tenido el propósito de permitir que volviéramos a verlo de nuevo.
