
Rogers respondió tranquilamente:
—Puede decirle al señor subsecretario que conozco mi oficio.
—Muy bien, Shawn. No era su propósito regañarle. Simplemente deseaba estar seguro.
—Lo que usted quiere decir ese que le está acosando.
Deptford vaciló.
—Alguien le está acosando a él también, ¿sabe? — A pesar de todo, yo preferiría que hubiese un menos de disciplina teutónica en este departamento.
—¿Ha dormido usted últimamente, Shawn?
—No señor. Haré los informes diariamente, y cuando hayamos resuelto esto le telefonearé.
—Muy bien, Shawn. Se lo diré. Buenas noches.
—Buenas noches, señor.
Cogió el aparato. Volvió a introducirse en la bañera, Y yació allí con los ojos cerrados. delante el dossier de Martino se deslizara por el primer plano de su cerebro.
Sin embargo, era muy poco lo que había en informe. El hombre media cinco pies y once pulgadas de estatura. Su peso era superior a las doscientas sesenta y ocho libras. Sus hombros se habían inclinado, pero el bulto de su cráneo de platino salvaba al parecer la diferencia que había en la cuestión de la estatura.
En la actual descripción de su persona no había nada más que fuese aprovechable. En ella no decía nada de los ojos, el cabello o la tez. Tampoco se decía nada de la fecha de nacimiento, aunque un filósofo le había atribuido una edad, la cual, dentro los acostumbrados límites de error, correspondía a 1948. ¿Huellas dactilares? ¿Marcas cicatrices por las que se le pudiera distinguir?
La sonrisa de Rogers fue amarga. Se secó, dándoles patadas envió a un rincón sus prendas sucias y se vistió. Volvió a penetrar en el cuarto de baño, se introdujo en el bolsillo el cepillo de dientes, estuvo un momento pensando, añadió el tubo de Alka-Seltzer y regresó a su oficina.
