
Al cabo de una hora, el barco echó el ancla a unos cien metros de la orilla, junto a la ciudad dormida. El rechinar de las cadenas despertó, a los perros y el silencio nocturno fué roto por unos ladridos, a los que, sin embargo, ninguno de los vecinos prestó atención. Se conoce que aquel concierto, de tan repetido, era un fenómeno corriente.
Por la mañana despertaron a los viajeros las carreras y el ajetrea iniciados en cubierta. Se procedía a la carga de carbón, de agua potable y de provisiones. Todos se apresuraron a abandonar sus camarotes. El sol brillante estaba ya muy alto sobre los montes y la ciudad llena de vida.

Después de tan larga navegación, todos querían sentir bajo los pies tierra firme. Por eso desayunaron a toda prisa y aprovecharon para trasladarse a la orilla la lancha que iba a buscar provisiones. Toda la población de Petropávlovsk desde los chiquillos hasta los ancianos que apenas podían tenerse de pie, se había congregado en la orilla para ver el barco y sus pasajeros, para enterarse de las últimas noticias de la Patria lejana y de si no habían traído algunas de las mercancías que necesitaban.
