El viento había cesado y el humo subía en línea recta, dispersándose en las capas altas de la atmósfera para convertirse en una nube gris apenas visible en el cielo entoldado. A unas millas, al Sur emergía del agua, semejante a una columna gigantesca, la abrupta roca de Avossi, igual que un enorme dedo negro que amenazase al barco. La franja blanca del oleaje hacía resaltar crudamente su base en la superficie del mar que, a la luz gris del día, tomaba un tinte verde aceituna.


— ¡Qué tétricas son estas islas! — exclamó Pápochkin, que había subido a cubierta al enterarse de que se veía tierra-. Unas rocas lúgubres, negras y rojizas, y arbustos rastreros.


— Y nieblas permanentes. En el verano lluvias, en invierno tormentas de nieve — añadió Trujánov-. Pero, de todas formas, hay gente que vive aquí.

— Las islas Kuriles son todas de origen volcánico — explicó Kashtánov. En ellas se cuentan veintitrés volcanes, de los cuales dieciséis se hallan en actividad más o menos permanente. Esta cadena, que une Kamchatka y el Japón, se extiende por el borde occidental de una gran depresión del fondo del mar, la cuenca de Tuskaror, que alcanza una profundidad de nueve mil quinientos metros. Las líneas de los grandes accidentes de la corteza terrestre suelen ir acompañadas de volcanes, y los frecuentes terremotos demuestran que todavía continúan los desplazamientos en la corteza terrestre y el equilibrio se altera.



Capítulo IV

EL PAÍS DE LAS COLINAS HUMEANTES

Después de mediodía, el viento de popa permitió izar todas las velas y elEstrella Polarcorrió con duplicada velocidad hacia Kamchatka, que se divisaba ya en el horizonte. Pronto llegaron al cabo Lopatka y luego se ofreció a los ojos de los viajeros una línea de colinas volcánicas.



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