
¿Y por el olor no te diste cuenta? Pero el bandido se habría echado perfume, claro.
La pareja baila con destreza y felicidad. Pero en una de las vueltas el invisible dominó que lleva Belisario se engancha en algún objeto y su brazo queda desnudo. La Mamaé se zafa de sus brazos, espantada. Belisario, con una expresión de contento, corre a su mesa y se pone a escribir.
MAMAÉ
(Petrificada de espanto)
¡Un negro! ¡Un negro! ¡La mascarita era un negro! ¡Ayyy! ¡Ayyy! ¡Ayyy!
ABUELA
No des esos gritos, Elvira. Me parece estar oyendo tu alarido, esa noche. La orquesta dejó de tocar, la gente de bailar, los que estaban en los palcos se levantaron. ¡Qué laberinto se armó en el Orfeón! Tuvieron que llevarte a la casa, con ataque de nervios. Por el bendito negro se nos acabó la fiesta.
MAMAÉ (Espantada)
¡Carmen! ¡Carmencita! Mira, ahí, junto a la fuente de bronce de la Plaza. ¿Qué le están haciendo? ¿Le están pegando?
ABUELA
Es cierto. Los caballeros lo sacaron a la calle y le dieron de bastonazos. Junto a la fuente de bronce, sí. ¡Qué memoria, Elvira!
MAMAÉ
¡Ya no le peguen más! ¡Está lleno de sangre! ¡No me hizo nada, ni siquiera me habló! ¡Tía Amelia, a ti te harán caso! ¡Tío Menelao, que ya no le peguen! (Reponiéndose.) ¿Crees que lo han matado, Carmencita?
ABUELA
No, sólo le dieron una paliza por su atrevimiento. Después, lo mandaron a la cárcel de los chilenos. ¿Qué audacia, no? Disfrazarse y meterse al baile del Orfeón. Nos quedamos tan impresionadas. Teníamos pesadillas, creíamos que cualquier noche se nos entraría por la ventana. Semanas, meses, sólo hablamos del negro de La Mar.
BELISARIO
(Excitadísimo, da un golpe en la mesa, deja de escribir un momento para besar la mano y el lápiz con los que está escribiendo)
¡El negro de La Mar! ¡Toma cuerpo, se mueve, camina!
