
MAMAÉ
No es de La Mar. Es uno de los esclavos de la hacienda de Moquegua.
ABUELA
Qué tontería, hija. En esa época ya no había esclavos en el Perú.
MAMAÉ
Desde luego que había. Mi papá tenía tres.
BELISARIO
(Interrumpiendo un instante su trabajo)
¡Los mandingos!
MAMAÉ
Me pasaban de una orilla a otra del Caplina en sillita de reina.
BELISARIO
(Escribiendo)
Dormían en el establo, amarrados de los tobillos para que no se escaparan.
MAMAÉ
No le vi la cara, pero algo había en sus movimientos, en sus ojos, que lo reconocí. Estoy convencida, era uno de ésos. Un mandingo cimarrón…
Se abre la puerta de calle y entra el Abuelo. Viene acezando, con los cabellos revueltos y la ropa desarreglada. Viste pobremente. Al verlo, la Mamaé le hace una venia cortesana, como si saludara a un desconocido ilustre, y vuelve a recluirse en su mundo imaginario. Entra Amelia.
AMELIA
(Se nota que ha estado cocinando) Pero, papá… ¿Qué ha pasado?
ABUELA (Poniéndose de pie) ¿Y tu sombrero, Pedro? ¿Y el bastón?
ABUELO
Me los robaron.
ABUELA
Dios mío, cómo ha sido.
Amelia y la Abuela llevan al Abuelo hasta el sillón y lo hacen sentarse.
ABUELO
Al bajar del tranvía. Un bribón de esos que andan sueltos por las calles de Lima. Me tiró al suelo. Me arrancó también el… (buscando la palabra) el aparato.
ABUELA
¿El reloj? ¡Ay, Pedro, te robaron tu reloj
AMELIA
¿Ves que tenemos razón, papá? No salgas solo, no tomes ómnibus, no subas al tranvía. ¿Por qué no haces caso? Estoy ronca de tanto decirte que no salgas a la calle.
ABUELA
Además, no eres una persona sana. ¿Y si vuelves a tener el blanco en la cabeza? No sé cómo no escarmientas, después de semejante susto. ¿Ya no te acuerdas? Diste vueltas, horas de horas, sin encontrar la casa.
