Para esa situación, existía una solución: la anulación en los tribunales de Roma de un matrimonio contraído bajo coacción y no consumado. Aldo había tomado ya una decisión: iba a iniciar el procedimiento.

Si no lo había hecho al día siguiente de la boda, era sobre todo por compasión hacia la que había tenido que jurar ante Dios que amaría y protegería. Y ello precisamente porque la había amado hasta el punto de arriesgarlo todo para poseerla.

La situación de la joven era, en efecto, poco envidiable pese a la presencia de su fiel doncella, Wanda, que se ocupaba de ella desde la infancia. Soportada más que aceptada en un palacio que se negaba a ser su hogar, mantenida a distancia por un marido al que aseguraba amar, debía de sufrir la angustia producida por la suerte de su padre, encarcelado en Inglaterra y en espera de un juicio por asesinato que podía llevarlo a la horca. El hecho de que el conde Solmanski fuera un ser abyecto no cambiaba en absoluto la imagen que de él tenía su hija, y si bien Morosini se alegraba de ver a su enemigo vencido, no se podía pedir a Anielka que compartiera ese sentimiento. Así pues, mientras no se dictara sentencia, el esposo forzado no presentaría la solicitud de anulación. Era una simple cuestión de humanidad. Pero después, estuviera Solmanski muerto o vivo, Aldo hacía todo lo que tuviera que hacer para recuperar su libertad.

¿Qué haría con ella? Seguramente poca cosa. La única mujer por la que la habría sacrificado con entusiasmo se había alejado de él para siempre. Debía de despreciarlo, de detestarlo, y eso también era por su culpa. Había descubierto demasiado tarde lo mucho que quería a la ex Mina van Zelden, transformada en una adorable Lisa Kledermann.

Al darse cuenta de que el coñac despertaba los recuerdos en lugar de ahogarlos, Morosini salió del bar, subió a su habitación y, sin siquiera dedicar una mirada al mágico paisaje nocturno de Sevilla, se metió en la cama con la firme intención de dormir. Era la mejor manera de invertir el tiempo hasta su encuentro con el mendigo.



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