El hombre había acudido a la cita. Al llegar a la plazuela, Morosini lo vio en cuclillas en la entrada de la capilla con su blusón de color coral. El lugar estaba desierto, así que no mendigaba; incluso parecía dormir. Sin embargo, en cuanto apareció el que esperaba se levantó y le indicó por señas que se dirigiera hacia la casa, donde se reunió con él.

A la luz cruda de un sol ya abrasador, la suciedad y las heridas del edificio exhibían su miseria sin restarle un ápice de una especie de belleza arisca, pero Morosini sabía que en ninguna parte del mundo se llevan los andrajos con más orgullo que en España.

Sin pronunciar palabra, el mendigo sacó una llave de entre sus harapos y abrió con ella una puerta más sólida de lo que parecía.

—Como ve, a menos que uno sea un espíritu, no se entra tan fácilmente —dijo el mendigo—. Pero Catalina no necesita llaves.

—Y los que la siguen, ¿cómo se las arreglan?

—Les abre la puerta el diablo. Anoche usted habría entrado si yo no hubiese intervenido.

El jardín debió de ser delicioso. Las baldosas azules y amarillas que marcaban los caminos estaban rotas, descoloridas, algunas reducidas a polvo, pero aquella espléndida primavera la vegetación, más abundante que nunca, transformaba los antiguos macizos en una pequeña jungla delirante y perfumada. Una gran piedra desgastada, que había sido un banco cubierto de azulejos azules, acogió a los dos hombres bajo un obstinado naranjo cuyas flores blancas despedían una suave fragancia. Todo ese bonito batiburrillo ocultaba las heridas de la vieja casa.

—Yo no sé si el diablo vive aquí, pero esto presenta ciertas similitudes con un paraíso —observó Morosini.



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