
El mendigo tenía la mirada perdida. Parecía haber olvidado por completo el jardín salvaje y estar reviviendo la escena de horror que describía.
—Se diría… que usted también estaba presente —murmuró Morosini.
El comentario fue suficiente para devolverlo a la tierra. Miró unos instantes a su compañero sin decir nada.
—Puede que estuviera… Puede que lo haya soñado. En esta ciudad, el pasado nunca está muy lejos.
—¿Qué fue de ella?
—Se quedó sola. Su crimen fue de los que inspiran repugnancia. Con todo, ella pensaba que con el tiempo las cosas se arreglarían. Los bienes de su padre habían sido incautados, pero ella había conseguido conservar oro, sus alhajas y, sobre todo, un rubí que le habían prohibido llevar porque era una piedra sagrada y el más preciado tesoro secreto de Diego de Susan.
Al príncipe anticuario se le secó la garganta de golpe: ¿habría descubierto una pista?
—¿Una piedra sagrada? —susurró—. ¿Cómo es eso?
—Antiguamente…, mucho tiempo atrás, decoraba junto con once piedras más el pectoral del Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén. Todas juntas representaban las doce tribus de Israel. Pero no me pregunte cómo había llegado el rubí, símbolo de Judá, a las manos de Diego. Parece ser que había estado en poder de su familia desde hacía varias generaciones, pero para él era el signo tangible de su pertenencia profunda a la fe de Moisés.
