El porrón estaba vacío. Morosini sacó otro de la bolsa, para alegría de su compañero, aunque esta vez él fue el primero en beber. La suerte acababa de hacerle descubrir un hilo conductor hacia la última piedra, la que Simón Aronov no sabía dónde estaba. Aquello merecía ser celebrado, aunque fuera con un simple trago de manzanilla. Aun cuando entre saber dónde se encontraba el rubí en el siglo XV y echarle el guante había una gran diferencia.

Agradecido, se secó los labios con el pañuelo y tendió el porrón a su compañero al tiempo que le preguntaba:

—Y Catalina quería lucir esa joya, ¿no?

—Por supuesto. Poco interesada por la religión, la Susona, como la llamaban, creía que el rubí haría eterna su belleza. Sin embargo, no fue capaz de conservarla.

—¿Se la robaron?

—No. La entregó voluntariamente. Hay que tener en cuenta que su, situación era peligrosa. La comunidad judía la había maldecido. Estaba sola y su amante, horrorizado por su crimen, le daba la espalda. Sólo podía escoger entre una existencia de apestada y el exilio, pero no se decidía a alejarse del hombre al que amaba. Fue entonces cuando encontró ayuda en un antiguo amigo de su padre, el obispo de Tiberias, un hombre codicioso y ambicioso. Éste consiguió convencerla de que le diera la joya para ofrecérsela a la reina Isabel, que tenía debilidad por los rubíes. A cambio, la Susona recibiría la protección real. Para la réproba, vivir bajo la égida de la soberana era acercarse a Miguel; antes o después, el joven acabaría por sucumbir de nuevo a sus encantos. De modo que le dio la piedra al obispo…

—… Y éste se la quedó.

—No, no. Se la dio a la reina e incluso abogó por la causa de la parricida presentándola como una persona muy unida a la Iglesia que rechazaba con repugnancia la conducta equívoca de su padre. Isabel, entonces, la hizo ingresar en un convento, pero no era eso lo que la Susona quería.



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