
—Prefiero esperarlo aquí…, pero no demasiado tiempo. Esa puerta no está cerrada con llave y se abre fácilmente… Puede verla desde aquí, detrás de la quinta columna de la galería de acceso.
Aldo no tuvo ninguna dificultad en penetrar en el universo desolado descrito por su compañero. Dos salas abandonadas bajo techos de cedro cuyas elegantes esculturas subsistían, algunas con un resto de color. Al fondo de la segunda, una escalera con las baldosas rotas subía hacia el piso superior, pero la oscuridad era tan densa que apenas si se veía.
Hacía frío en la casa abandonada. El ambiente olía a polvo, a moho y a otra cosa, algo indefinible que producía una sensación de tristeza al visitante. Era tan extraño que, pese a su valentía, Morosini notó que palidecía y que unas gotas de sudor le bañaban la frente. Incluso le dio un vuelco el corazón mientras avanzaba lentamente hacia los viejos peldaños. Al mismo tiempo, sentía, de un modo cada vez más angustioso, una presencia.
—¿Qué me ocurre? —masculló, sin pensar ni por un instante en retroceder—. ¿Acaso estaré convirtiéndome en médium, para que me afecte de esta forma lo invisible?
Y de pronto la vio, o más bien la percibió, pues no era más que un rostro de contornos mal definidos en medio de las sombras concentradas junto a la escalera, pero sin duda correspondía a la mujer a la que había seguido el día anterior. Semejaba una flor cubierta por un velo de bruma en medio de las tinieblas, una flor sin tallo pero capaz de expresar todo el sufrimiento del mundo. Las personas que padecían suplicios debían de tener esa expresión doliente. Entonces, casi a su pesar, Aldo dijo en un tono lleno de dulzura:
—Catalina, yo también busco el rubí, lo busco para devolvérselo al pueblo de Israel. Cuando lo haya encontrado, vendré a decírselo… y rezaré por usted.
Le pareció oír un suspiro y no vio nada más. Entonces, tal como acababa de prometer, pronunció en voz alta las palabras del padrenuestro, se santiguó y salió al jardín. La sensación de angustia experimentada un momento antes había desaparecido, dejándolo más fuerte y decidido que nunca. La misión que le había encargado Simón le parecía más noble aún si podía sumar a ella la salvación de un alma perdida.
