
—¿Se sabe algo de esa maldición? ¿Hay alguna redención posible para el alma en pena de Catalina?
—Quizá. Si lograse encontrar la piedra sagrada para devolvérsela a los hijos de Israel, la paz descendería sobre ella. Por eso todos los años sale de la casa en busca del rubí y sobre todo del hombre que acepte buscarlo por ella.
—¿Y siempre va a la Casa de Pilatos? ¿Es que el rubí del retrato es el que ella busca?
—Sí. La reina Isabel se lo regaló a su hija, Juana, cuando ésta se fue a los Países Bajos para casarse con el hijo del emperador Maximiliano, Felipe el Hermoso, que la volvió loca. Lo que no puedo decirle, señor, es qué pasó después con él. Le he contado todo lo que sé.
—Es mucho, y se lo agradezco —dijo Morosini, sacando del bolsillo un sobre que contenía la recompensa prometida—. Pero antes de despedirnos me gustaría entrar en la casa.
Diego Ramírez se metió el sobre bajo el blusón después de echar un rápido vistazo al interior, pero después hizo una mueca.
—No hay nada que ver salvo escombros, ratas y telarañas.
—¿Y Catalina? ¿No ha dicho que la habitaba?
—Por la noche. Sólo por la noche —respondió el mendigo, repentinamente nervioso—. Todo el mundo sabe que los fantasmas no se dejan ver durante el día.
—En tal caso, no hay nada que temer. ¿Viene?
