No era la primera vez que el príncipe iba a Sevilla, pero en esta ocasión había llegado dos días antes con la reina gracias a la afectuosa invitación del esposo de ésta, el rey.

—Acabas de hacerme un gran favor, Morosini —había declarado Alfonso XIII, que solía tutear a las personas que le agradaban—, y para agradecértelo, voy a pedirte otro: acompaña a mi mujer a Andalucía. Últimamente España la agobia un poco. Tu presencia será una agradable diversión… Hay momentos en que añora Inglaterra.

—Pero, señor, yo no soy inglés —objetó Morosini, a quien tentaba poco la idea de encontrarse atrapado en los meandros de la severa etiqueta cortesana.

—Eres un veneciano con sangre francesa, o sea, casi perfecto, si a eso añadimos que el té no te parece una pócima y que detestas las corridas tanto como ella. Y como de todas formas no puedes alojarte bajo el mismo techo, te instalarás en una suite del Andalucía Palace como invitado mío. Te lo debo —añadió el rey cogiendo de su mesa de despacho un objeto magnífico: una copa de ágata bordeada de oro y de piedras preciosas, cuya asa estaba formada por un Cupido de marfil y oro cabalgando sobre una quimera esmaltada…, el «favor» que se le agradecía a Aldo.

Dos meses antes, los talentos de Morosini habían sido requeridos por los herederos de un príncipe napolitano demasiado arruinado para que su familia, una vez sus esperanzas frustradas, dudara en «malbaratar» la increíble cantidad de objetos de todo tipo amontonados en su viejo palacio. Allí dentro había de todo, desde animales disecados, jaulas vacías y horrendos objetos seudogóticos, hasta deliciosas piezas de cristal, una colección de tabaqueras, algunos cuadros y sobre todo una copa antigua, excepcional, que decidió a Morosini a comprarlo todo, revender a un chamarilero la mayor parte de sus adquisiciones y quedarse sólo con las tabaqueras y la copa, que le recordaba algo.



4 из 308