
El vago recuerdo se convirtió en certeza después de consultar numerosos libros antiguos en la paz de su biblioteca: el objeto había pertenecido al gran delfín, hijo del rey de Francia Luis XIV. Al príncipe, coleccionista impenitente, le encantaban las copas, los platos y los cofrecillos que representaban lo más precioso que se hacía en la época del Renacimiento y del Barroco. A su muerte, acaecida en Meudon el 14 de abril de 1711, el Rey Sol decidió que el hijo menor del gran delfín, convertido en el rey Felipe V de España, pese a su renuncia a los derechos al trono de Francia debía recibir al menos un recuerdo de su padre. Así pues, el tesoro, guardado en suntuosos baúles de piel sellados con las armas del heredero difunto, emprendió, convenientemente escoltado, el camino de Madrid. Allí permanecería hasta el reinado bastante breve de José Bonaparte, a quien Napoleón I, su hermano, había nombrado rey de España. Éste, poco delicado, al abandonar el trono se llevó la colección a París.
Cuando Luis XVIII sucedió al emperador, podría haber considerado que el tesoro, reunido en Francia por uno de sus antepasados, debía permanecer allí, pero decidió devolverlo a Madrid para tratar de restablecer unas relaciones deterioradas por la tormenta corsa.
Desgraciadamente no se cuidó mucho el embalaje y varias piezas se rompieron o resultaron dañadas en el traslado. Peor aún: una docena desapareció, entre ellas la copa de ágata decorada con veinticinco rubíes y diecinueve esmeraldas.
Una vez identificada su adquisición, Aldo pensó que sería conveniente ofrecerla a la Corona española a fin de que se reuniera en el palacio del Prado con sus hermanas supervivientes. Escribió, pues, al rey Alfonso XIII y a modo de respuesta recibió una invitación.
