Sonó el teléfono, haciéndole volver a la vida. Ah, sí, la guardia, Nochebuena, el flexo, el periódico y el Licor 43. Le extrañó. ¿Quién diablos llamaba a comisaría en una noche así?

– ¿Diga? -contestó con voz cansina, amodorrada.

– Buenas noches, soy el sereno de Trapería. ¿Comisaría?

– Sí, esto es la comisaría, dígame.

– Manden a alguien en seguida. Una mujer se ha tirado de la torre de la catedral.

– ¿Cómo? ¿Qué dice? -preguntó sin poder creerlo-. ¿Dónde ha sido?

– El cuerpo está en la plaza de la Cruz. He oído el golpe desde las Cuatro Esquinas y he venido corriendo. Le llamo desde el teléfono de la parada de taxis.

– Ya.

Un silencio.

– ¿Oiga? -dijo el hombre al otro lado de la línea telefónica.

– Sí, sí. Estoy aquí. El caso era suyo y tenía que ir. Además, estaba a un paso.

– ¿Vienen o qué?

– Sí. En cinco minutos estoy ahí. Soy el inspector Alsina.

No sabía muy bien por qué, pero aquello le hizo sentir bien. Algo que hacer. ¿A quién se le iba a ocurrir que sucediera algo así en una pequeña ciudad como aquella y precisamente en Nochebuena? Bajó a los calabozos, donde una puta hacía una felación a un agente mientras el otro penetraba a la segunda prostituta sujetándola por detrás, en tanto que ella, muy fina, apuraba a morro una botella de sidra. Ni le oyeron llegar.

«¡Menudo cuadro!», pensó para sí.



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