– ¡Dejad la fiesta! -ordenó, sorprendiéndose a sí mismo y a ellos por su tono autoritario que no dejó lugar a dudas-. Ha habido un suicidio y tengo que salir. Martínez, avisa al forense y al coche patrulla de Ruiz. Que vayan a la plaza de la Cruz. ¡Ah, y avisad también al juez de guardia!

Salió de allí a toda prisa y vio de reojo cómo aquellos cerdos se subían los pantalones a la vez que recomponían sus uniformes grises. Llegó a la calle de inmediato y giró a la derecha. La noche era fría, y el zarpazo del viento lo espabiló definitivamente. Nunca se acostumbraría a aquella humedad. Prefería el frío de Madrid, más seco, más llevadero. Fue caminando por la calle de Trapería, una arteria estrecha, peatonal y repleta de comercios que moría al fondo, al pie de la catedral. Iba pensando en que aquello era raro, inusual, pero no se paró a meditarlo demasiado hasta que llegó a la plaza de la Cruz, que quedaba en penumbra, oculta a la luz de la luna por la sombra de la imponente torre.

– ¡Dionisio Herrera! -dijo el sereno, y se le cuadró como si él fuera un general.

– Inspector Alsina.

Se dirigió hacia el cuerpo de la finada. No había duda. Estaba muerta: despatarrada, con los huesos rotos, en esa postura antinatural que, al azar, adoptan los suicidas tras precipitarse contra el suelo. «No hay dos iguales», pensó. Como ocurre con las huellas digitales de las personas. Entonces reparó en que siempre aparecían en posturas ridiculas, atroces, perdiendo cualquier pequeño rescoldo de dignidad que pudiera quedar de sus tristes vidas.

Tomó nota mentalmente de ello: nunca se suicidaría. Seguro.

Había un charco de sangre junto a la cabeza de la muerta. Casi negra, aún líquida y de olor dulzón. Pobre mujer. Otra solitaria como él.



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