Miró sus manos: delicadas y con las uñas pintadas de rojo, de manicura. Olía que apestaba a perfume caro, francés, y lucía un vestido negro que, pese a las circunstancias, evidenciaba una muy buena situación económica. La falda había quedado levantada y se entreveía que la ropa interior era de seda, carísima. Igual que las medias. No era un ama de casa, estaba claro. Había perdido un zapato que rumiaba su soledad al fondo, junto a una farola.

– ¿Qué tenemos aquí?

Miró hacia atrás al oír la voz. Era el juez Barreiros. Iba muy elegante. Sin duda, aquella desgraciada había interrumpido una cena de postín.

– Una puta -respondió-. De posibles.

– Sí que ha averiguado usted cosas en tan poco tiempo… -repuso el magistrado con retintín, demostrando su malestar por tener que estar allí.

Dos vehículos llegaron al mismo tiempo: el coche patrulla por la calle de Barrionuevo y el mil quinientos negro del forense por la de Salzillo.

– En cuanto la vea el forense, me la levantan y al depósito -dispuso el juez de guardia sin siquiera acercarse a aquella desgraciada, pues tenía prisa-. Ah, y sáquenle un par de fotos. No quiero perderme los chistes del gobernador civil. Aún llego a los postres.

Antes de que Alsina pudiera darse cuenta, Barreiros había desaparecido y caminaba a paso vivo por la calle Amores con las manos en los bolsillos de su elegante abrigo. No había permanecido ni un minuto en la escena del deceso. El detective se quedó como hipnotizado, perplejo, mirando hacia la calle por la que el juez se había evaporado.

– ¿Una suicida? ¡Joder, qué momento! -exclamó Blas Armiñana, el forense, haciendo que el detective saliera de su ensimismamiento.

Armiñana era un tipo alto, bien parecido, de pelo totalmente blanco, abundante y peinado hacia atrás.



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