
Ahora tenía una calle en una pedanía: Puente Tocinos. Era la calle de Braulio Berruezo, aunque el pueblo, siempre sabio, había terminado por denominarla la «calle el tonto'l pijo» en memoria a la estulticia del tipo que había dado nombre a dicha vía secundaria.
Sólo doña Salustiana, la dueña de la pensión, era propietaria de su piso, en el segundo, aparte de don Prudencio, el propietario del edificio. El resto de las viviendas eran arrendadas.
Con respecto a la pensión, se decía que la patrona se acostaba con algunos de sus huéspedes, los más jóvenes, a cambio de la manutención y el alojamiento, pero Alsina nunca había observado nada fuera de lo normal al respecto. No le parecía atractiva, la verdad. Además, podía pagar las mensualidades con comodidad y ella no debía de considerarle un hombre sexualmente activo, por lo que nunca se le había insinuado; al contrario, lo trataba con corrección, como si se preocupara de veras por él. Algo así como una tía o una pariente de más edad, casi una madre.
Después de dar las gracias a su patrona y despedirse de Inés, la criada de pocas luces que tenía la extraña habilidad de embarazarse y desembarazarse cada dos por tres sin que nadie supiera ni quién era el responsable de aquellas tropelías ni adónde iban a parar los retoños que concebía, se fue a su cuarto a dormir acompañado de su botella de Licor 43.
