
Miró al patio ladeando la persiana de madera verde por si veía a Clara, la lolita del edificio, pero no había nadie. Ni siquiera los pequeños hijos de puta de la carnada de don Serafín. Hacía frío y aquel era un día triste. Pensó en la suicida desconocida y sintió pena por ella. «¡Qué coño! -se dijo-; peor lo tengo yo, que sigo vivo.»
Por la mañana del día 26 se levantó a su hora y desayunó en el comedor con Rubén, un ciego que se ganaba la vida vendiendo el cupón, y don Damián, representante de mercería de fino bigote y poseedor de un único y siempre bien planchado traje de franela color beis. De camino a la comisaría pasó por su peluquería en la calle del Pilar.
– Buenos días -saludó Fernando, el barbero, que- ya le colocaba la silla a su altura. El aprendiz, Vicentico, afeitaba con esmero a don Cosme, el dueño de la Gestoría San Damián, sita en la plaza de San Julián, justo enfrente de la Droguería Sánchez. Era un hombre calvo, de imponente cabeza y poblado bigote.
– Estos tíos sí que tienen huevos -comentó ojeando el periódico.
– ¿Cómo? -preguntó Alsina a la vez que Fernando le daba jabón con una brocha.
– Sí, hombre, los astronautas. Vuelven a casa después de dar cuatro órbitas alrededor de la Luna…
– ¿Órbitas? -preguntó Vicentico.
– Vueltas, burro -contestó el barbero-. Vueltas alrededor de la Luna.
– Sí, cuatro, y cada vez que pasan por la cara oculta del satélite se pierde el contacto con ellos. ¡Qué huevos! Si algo sale mal en ese momento, ¡hala!, a tomar por culo y nunca más se supo. Dicen que el paisaje lunar es como un desierto lleno de cráteres -aclaró el gestor.
