
No se dio cuenta de ello, pero el vaso con el Licor 43 había quedado, sin tocar, encima de la mesa.
Alsina entró en tromba en el depósito. Las puertas se bamboleaban tras de él.
– Cuéntame esa cosa tan importante.
Blas Armiñana, el forense, contestó:
– Buenos días primero, ¿no?
– Sí, claro, buenos días, Blas. Perdona.
Armiñana dejó un cadáver con el que trabajaba y le instó a que lo acompañara con un gesto de la cabeza.
El forense levantó la sábana que cubría un cuerpo situado al fondo.
– Mira.
Era ella. Tenía el rostro desfigurado.
– ¿Sabemos su nombre? -preguntó el inspector.
– Ni idea, no llevaba nada encima que la pudiera identificar. Se reventó la cara contra el asfalto. Parece que lleve una careta. Tampoco se encontró nada arriba, ¿no?
– Los guardias no vieron ni rastro de ningún bolso o cartera.
– Tendrás que identificarla, me imagino.
– Nadie se ha interesado por ella.
– Ya.
Se hizo un largo silencio.
– ¿Y eso que querías decirme? -preguntó el detective para abreviar.
– Observa esto -contestó el forense levantando el antebrazo derecho de la finada-. Mira estas marcas.
El policía comprobó que la muerta había sido atada con fuerza por las muñecas.
– Unas esposas -dijo el médico.
Julio Alsina se tomó unos segundos. Sacó el paquete de tabaco y el encendedor del bolsillo de la chaqueta y luego, con parsimonia, un cigarrillo. Lo encendió y exhaló el humo.
