
– Curioso -murmuró el policía cerrando los ojos.
– Lo dicho, un par de huevos -sentenció don Cosme-. Mañana vuelven. Eso me hubiera gustado ser a mí, ¡astronauta!
– Y a mí, ¿no te fastidia? -El comentario era de Fernando, el barbero, que de inmediato decantó la conversación hacia su tema favorito: el fútbol. Era madridista hasta la médula y resultaba obvio que quería reírse un rato de Alsina ahora que los de Concha Espina eran líderes, pero el policía no entró al trapo.
Después del afeitado, más relajado y en la calle, compró la prensa y se llegó a su despacho a tiempo de echarle un vistazo mientras tomaba la primera copa del día antes de que comenzara a llegar el público. Le dolía la cabeza.
Sacó la botella de Licor 43 del cajón y llenó el vaso hasta el borde. Echó un vistazo a la primera página, algo fastidiado por el asunto de los astronautas que, la verdad, le resultaba ya un poco cargante.
Sonó el teléfono.
Era el forense, Armiñana.
– Dime, Blas -contestó con desgana.
– Ya tengo los resultados de la autopsia. ¿Vas a venir?
– ¿Debo?
– No sé, es tu caso.
– Es una puta, Armiñana; se suicidó, y ya está.
– Hay una cosa.
– ¿Qué cosa?
– Por teléfono, no.
Quedó pensativo. Pensó que no le iría mal un poco de aire, así que aceptó:
– Voy para allá.
Aquella decisión cambió su vida.
