Era un consuelo. O no.

Pero aun así, a pesar de todo, tenía que reconocer que cuando todo comenzó era impensable. No cabía en cabeza humana que él…

Impensable.

Nadie podía imaginar que actuara de aquella manera. Al menos, él, no. Un no hombre, un castrado mental, la irrisión del cuerpo. Seguro que ellos también lo imaginaban de aquella manera: «Dejadle el tema a Alsina». dirían entre carcajadas.

«Asunto resuelto», bromearían en el vestuario palmeándose los muslos muertos de risa. Malditos bastardos.

Pues no. No fue así.

Le parecía imposible, pero ocurrió y punto. Resucitó.

Porque Julio Alsina estaba muerto en vida.

Aquella Nochebuena estaba de servicio. Todos sabían que cubría siempre las guardias de las fechas más señaladas porque no tenía familia y vivía en una pensión. Desde que Adela se fue, parecía un fiambre, no sentía, sólo hacía por respirar y veía pasar los días inmerso en una especie de neblina gris. Habían terminado por relegarle a tareas administrativas, aunque al menos seguía llevando «el hierro». Un policía manso, un don nadie. Ese era él.

Todos lo sabían y venían a pedirle el favor. No le importaba, la verdad: Nochevieja, la noche de Reyes, Jueves Santo, Viernes Santo, el Corpus y el día del Alzamiento, el 18 de julio, eran fechas fijas en su agenda. Nunca fallaba.

Aquellas guardias eran lo más parecido al trabajo policial que le dejaban hacer y él no tenía a nadie. Se había convertido en un chupatintas, un oficinista que pasaba el día entre papeles enfrentado a peligros como una grapadora atascada o un golpe en la espinilla con el borde de la mesa. Jesús.



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