Así lo veían ellos. Y él mismo también, para qué engañarse.

Día 24 de diciembre de 1968. La comisaría, desierta. Alsina, en su despacho, con la sempiterna botella de Licor 43 que le acompañaba como una extensión de su ser y la radio, al fondo, emitiendo, monótona y constante, villancicos insufribles y loas al nacimiento de Jesús.

A veces se dormía bajo la cálida luz del flexo metálico. Cabeceaba, yendo y viniendo de su plácido y voluble mundo onírico a la realidad en decenas de viajes que se repetían una y otra vez. Le gustaba más el mundo de los sueños; allí él era un hombre con todas las de la ley, un policía auténtico, y su mujer, Adela, lo respetaba y amaba.

De vez en cuando ojeaba el periódico que tenía delante: «Esta mañana entrarán los cosmonautas en órbita lunar», rezaba el titular. Le parecía increíble que alguien pudiera llegar tan lejos. Aquellos tipos, decididamente, estaban locos. Una fotografía mostraba a un tipo sonriente, el astronauta del Apolo VIII William Anders, que mostraba orgulloso su cepillo de dientes.

Alguien que se había cepillado los dientes en el cosmos. Con dos cojones. Desde luego, el progreso no tenía límites. Qué tontería, pensó entonces para sí al advertir lo absurdo del asunto: cepillarse los dientes en el espacio.

Otro inmenso titular en el periódico anunciaba el mensaje navideño del señor obispo, doctor Roca Cabanelles. ¡Menudo nombre! Pero, un momento, ¿quién coño era ese Roca Cabanelles?

Ah, sí: el obispo. Acababa de leerlo y ya lo había olvidado. A veces, su mente no funcionaba tan bien como debiera.

El señor obispo. Sí.

Pensó que le importaba una mierda. Odiaba la Navidad. ¿Para qué servía aquello?



5 из 390