Aunque, la verdad, no reparaba mucho en ello, porque era demasiado pequeño y no acertaba a entender de política, bandos o guerras. La realidad era que vivía más preocupado por llevarse algo a la boca que por otra cosa, porque pasaban mucha hambre, mucha. Eran perdedores. Lo llevaban en la sangre.

Su madre fregaba escaleras para salir adelante, y Alsina recordaba que de vez en cuando venían unos tipos con gabardinas que inmovilizaban a la mujer, le rapaban la cabeza y le daban aceite de ricino. Él los odiaba, pero algunas veces, al irse, le daban chocolatinas. Quizá no eran tan malos, se decía su mente inocente de niño. No entendía demasiado aquello ni le importaba mucho. Sólo pensaba en vivir, en jugar y en conseguir que el estómago dejara de rugirle como un león.

Abrió los ojos. Volvió a ojear el periódico: «Una bella tradición española: el belén». Siguió leyendo desde el mundo consciente al que había retornado: «Rusia, a pesar de la propaganda ateísta, no ha podido borrar la fe». Joder. Estaba harto, decididamente, de consignas.

A veces fantaseaba con la idea de irse a otro país, a otro lugar donde las cosas fueran normales, pero le faltaban huevos. Eso, huevos. Era un pusilánime. Un no hombre. Por Adela.

Otro trago.

Fue un crío débil y enfermizo, acosado por la desnutrición y sus frecuentes ataques de asma que le hacían pasar el invierno entero en cama. Apenas podía jugar. Además, los otros niños le llamaban «el rojo», pues tenía a su padre en la cárcel y aquello lo estigmatizaba como un potencial enemigo de la sociedad al que había que perseguir, lo mismo que a masones y judíos. Sus compañeros no sabían bien lo que significaba aquello (ni él tampoco, claro), pero era excusa más que suficiente como para que le persiguieran al acabar las clases y lo ahuyentaran a pedradas.



8 из 390