Por momentos salió de su propio cuerpo y se vio a sí mismo como un extraño, desde fuera. Pensó que se recordaba a su padre. Sí, era como su padre. Se había convertido en algo parecido a él. Un hombre derrotado, un perdedor que había vivido sus últimos años sin esperanza, dejando transitar los días como él, a la espera del paso hacia algo mejor, quizá la nada.

Es malo morir en una guerra, pero peor es sobrevivir y perderla. Eso fue lo que le ocurrió a su viejo, Segismundo Alsina. Llegó a capitán del Ejército Rojo y combatió a las órdenes de Modesto, motivo de orgullo para su familia y sus amigos. Julio apenas acertaba a recordar cuando, en plena guerra, venía a verles a casa de permiso, con su gorra algo caída y un pitillo en la boca colgando de su labio inferior. El revuelo en el pequeño ático de la calle Fósforo era considerable; él apenas tenía cuatro años y no entendía nada, pero su padre era capitán, un soldado que les defendía de unos monstruos muy malos que acechaban Madrid y se llamaban «fascistas».

Volvió de nuevo desde los sueños a la realidad y pasó unas páginas más; el Murcia había ganado al Alavés por dos a cero. El Madrid era líder tras vencer al Málaga, y el Adeti, su Atleti, había palmado y ya tenía un punto negativo.

– Mierda -musitó para sí.

Su mente volvió a caer en el duermevela tras un nuevo trago. Su padre había sido denostado por la estirpe de su madre, los Atienza, conservadores hasta la médula y católicos píos de Almagro, de quienes apenas hubo noticias durante la guerra. Tampoco es que se trataran mucho con su madre, Helena, a la que negaron el pan y la sal por casarse con un empleado de imprenta socialista en lugar de hacerse monja como se esperaba de ella. Acabada la guerra y con cinco años, su madre le dijo que los «fascistas» habían encarcelado a su padre. Eso era que lo habían vencido, pensaba él.



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