Se lo prometí y cumpliré lo prometido, pero entre tanto escribiré todo lo que precedió a la noche de hoy, comenzando por el principio.

El 29 de abril, hace casi dos meses, nuestro Director me llamó a su despacho. Yo acababa de regresar a Moscú y estaba ordenando mis notas del viaje que había hecho por cuenta de mi diario, de manera que no pasó por mi mente la idea de una nueva misión.

Cuando entré a su despacho, el Director me invitó a tomar asiento.

— Deseamos proponerle una misión especial — me dijo observándome; y al ver que yo quería contestar, añadió rápidamente—: Es una expedición excepcional, que puede resultar peligrosa.

Un segundo antes había tenido la firme intención de rechazar la proposición, pues estaba cansado y sin deseos de emprender viajes a ninguna parte, pero las últimas palabras del jefe despertaron mi curiosidad.

— Los peligros no me asustan — respondí —. Cuanto más insólita sea la tarea, tanto más me interesa.

— Esperaba de usted semejante respuesta. Usted es joven y sano. Es buen fotógrafo y hábil periodista y además sabe filmar. Son justamente las cualidades que se necesitan en este caso. Sin embargo, no insistiré en obtener su consentimiento. Tiene usted el derecho de rechazar la oferta.

— No tengo la intención de rechazar nada.

Me miró con una expresión que me pareció algo enigmática y con sonrisa un poco burlona, me dijo:

— Tanto mejor. ¿Usted ha oído hablar de Kamov, no?

Me estremecí. ¿Kamov? ¿El constructor y comandante de la primera nave cósmica del mundo? ¿El hombre que ya dos veces abandonara la Tierra? ¿Habré oído bien? ¿No estaré equivocado?

— ¡Claro! — contesté— ¿Quién no lo conoce?

Ahí está la clave, pensé. Por eso dijo que se trataba de una expedición excepcional. El nombre de Kamov indica que se trata de una astronavegación, quizá de un vuelo a uno de los planetas. ¿Quién no ha deseado hacer semejante viaje? Pero una cosa es el deseo y otra la posibilidad concreta de realizar tal vuelo…»



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